Contaminación visual, el precio del transporte

Observar la ciudad como creación única. Del hábito sistemático de contemplar ciudades, de disfrutarlas y mirarlas con el anhelo puesto en verlas y mantenerlas dignas y orgullosas.

De ese anhelo y de ese amor, nace un deseo. Un deseo de ver nuestras ciudades más hermosas. Una voluntad por conservar el auténtico y natural paisaje urbano. Por ver nuestras ciudades más limpias y menos contaminadas. Surge así una aspiración, un sueño, una necesidad.

Los reglamentos de tráfico y normativas de señalización son las encargadas de implantar sistemas de regulación de la circulación, actualmente son responsables involuntarios de sembrar (casi literalmente) de postes y señales cada una de las vías urbanas por donde circulan vehículos motorizados (VM).

Y digo responsabilidad involuntaria, ya que la tecnología actual no ha permitido solucionar la problemática del control y normalización del tráfico de otra forma. De modo que como muchas otras políticas y criterios urbanísticos, se elige la solución del “mal menor”, aun siendo conscientes de que con el sistema de rotulación que tenemos actualmente, se perjudicaba drásticamente el aspecto de nuestros espacios públicos.

En las urbes de todas las magnitudes y densidades y a escala mundial, la omnipresencia de rotulación de tráfico (y semáforos), existe en un número tan alto que es imposible abstraerse de ellas.

Todos nos hemos acostumbrado a convivir con este paisaje. Es una resignación ante la inexistencia de una mejor alternativa. Sin embargo, si pudiésemos aprovechar un nuevo modelo de regulación de la circulación que no demandara la colocación por todas las esquinas y cruces de calles, de las ya tan conocidas señalizaciones y semáforos, sin duda elegiríamos este nuevo modelo.

Esta señalización está pensada y diseñada para ser vista por los conductores de los vehículos motorizados (VM). La altura, el tamaño, la pigmentación, etc. Sin embargo, este efectivo desarrollo de la señalética vial nunca tuvo en cuenta la discreción. No son discretas, ni pretenden serlo.

Cada una de las esquinas y cruces de nuestras ciudades se encuentra plagada de semáforos, indicaciones, prohibiciones o advertencias transformadas en iconos o símbolos que son reconocidos universalmente por todos. En definitiva, representaciones gráficas y jeroglíficas de toda naturaleza.

Si hiciéramos el ejercicio de imaginar que todas estas señales desaparecen, podríamos visualizar nuestra auténtica ciudad. En otras palabras, podríamos afirmar que la “descubriríamos”.

Quitaríamos un manto de luces y señales, que han estado ahí siempre, pero cuando ya no estuviesen, recién ahora notaríamos cuanto nos impedían disfrutar y contemplar nuestro patrimonio urbano. Nuestro paisaje urbano.

Las ciudades están detrás de todas estas señales. Y podríamos caer en la cuenta de cuánto dificultan, impiden,  interfieren y obstruyen (en algunos casos con mayor gravedad que en otros) la libre visibilidad.

Vivimos rodeados de elementos indeseados. Vivimos así voluntariamente. Es un precio que estamos dispuestos a pagar. Nos negamos a sacrificar el transporte mecánico en nuestra vida a cambio de mantener libres de contaminación visual nuestras ciudades. Ante este dilema, el desafío de la tecnología es:  ¿Seguimos forzados a elegir o ahora podemos conseguir ambas cosas?.

SOBRE EL AUTOR:

Enrique Burmeister, con 17 años de experiencia. Titulado como Arquitecto en Chile por la Universidad Finis Terrae y titulado como Arquitecto en España por la Universidad Alcalá de Henares. Master en Arquitectura Sostenible por la Universidad Politécnica de Madrid. Ha ejercido la docencia en diferentes universidades. En 2011 funda junto a su socio la empresa de arquitectura e ingeniería PLANETARK Limitada, con oficina en Chile y España, y especializada en diseño sostenible, bioclimatismo y eficiencia energética.
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